Zapatos

24 de enero de 2005

En mi trabajo en París me tocó conocer y acompañar a muchas personas en las más diversas situaciones. Aunque no me correspondía exactamente recibir a los refugiados chilenos para resolver sus problemas de inserción en Francia, lo habitual era que ellos quisieran hablar conmigo, en lugar de los asistentes sociales asignados para esta tarea. Ellos pensaban que siendo chilena, podía escucharlos y comprenderlos mejor. Aunque les explicara mil veces que iban a ser acogidos por buenos profesionales, eficientes y amables, ellos insistían en hablar conmigo, primero. De modo que se instituyó la costumbre.

Una vez recibí el llamado de un abogado para acompañar a una joven mujer detenida, acusada de robo, para eventualmente informar sobre su calidad de exiliada latinoamericana y lo que eso podía significar. Yo no la conocía y ella tampoco había acudido a pedir ayuda a nuestra institución. El abogado tomó esta iniciativa. Me presenté entonces al juicio.

El abogado hizo una exposición sobre las dificultades de inserción para alguien joven, sin dominio de la lengua, lejos de su familia. Y cerró su defensa argumentando que ella se había visto obligada a robar, por motivos de supervivencia. Entonces, para asombro de todos nosotros, señaló los zapatos de la muchacha diciendo: ésta es la prueba, ella lleva los únicos zapatos que tiene, los que tuvo que robar para no andar descalza.

Bastó este argumento para que la muchacha fuera absuelta. Yo no tuve que intervenir. Más tarde, una asistenta social francesa se ocupó de sus problemas más urgentes y comenzó entonces para ella una nueva vida de integración. Para mi fue una de las pequeñas y grandes experiencias en que conocí el sentido del Derecho y la justicia, del pueblo francés.

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