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Virginia Ramos : "mi padre rechazaba la hipocresía, el cinismo y la feria de las vanidades"

Palabras de despedida de Virginia "Dolly" Ramos Poseck a la muerte de su padre Virginia es cientista política y profesora del magíster en Ética Social y Desarrollo Humano de la Universidad Diego Portales.

En los últimos días acompañando a mi padre, José Domingo Ramos Albornoz, en los momentos anteriores al comienzo de su agonía, recorrí con él muchas imágenes de nuestros momentos de vida linda. Tuvimos el tiempo de conversar y reconocernos mutuamente. Le agradecí todo lo que él nos dio con su trabajo y ejemplo así como la enorme fuerza ética de sus convicciones.

Mi padre es hijo de una familia de Talca, nació en 1922 y estudió en el Liceo de Hombres de Talca, fundado por el Abate Molina. De sus ejemplares profesores aprendió su amor por la búsqueda de la verdad, la belleza, la cultura, el arte, la justicia y toda una gama de valores comprometidos con el ideario de la Ilustración, fundamento de la formación de la República de Chile.

Para mi padre, la libertad de opción para todos sin discriminación, la libertad de expresión y el diálogo respetuoso entre las personas con distintas maneras de ver la vida constituían un pilar importante de una sociedad justa y próspera. De hecho era un gran conversador y dialogaba con todo aquel que quisiera aportarle sus ideas, fue un contador de historias que nunca nos cansamos de escuchar y reíamos de buena gana cuando las matizaba con ironías oportunas.

Para dar un ejemplo de cómo yo vi y viví a mi padre les puedo contar algunos recuerdos. Cómo poder olvidar cuando a mis 5 años de edad me enseñó a leer en El Quijote de la Mancha, en un formato de letras grandes que buscó en las librerías hasta que lo encontró. Mis primeros castillos en la playa los construimos juntos a manera de las murallas de Troya, con el caballo, y en la medida que lo íbamos construyendo me relataba los poemas épicos de la Grecia antigua. Bajo su guía, no me perdí ni libros de aventuras, ni las novelas latinoamericanas y chilenas de entonces. Recuerdo especialmente la poesía de Rubén Darío a Francisco de Asís, “Los motivos del Lobo”. A los 18 años me regaló un hermoso ejemplar del libro “Los hermanos Karamazov” de Dostoyevski, todo un compendio de la condición humana. Cuando lo comentamos, observé cómo mi padre rechazaba la hipocresía y el cinismo.

Mientras viajábamos, juntos con mi mamá, por todo Chile a causa de su profesión, me iba enseñando los nombres de todos los volcanes de esta patria tan querida para él, los ríos, los árboles, el folklore, las leyendas.

Mi padre fue también un observador de los secretos del universo con cuyas estrellas y misterios se fascinaba y lo impulsaban a practicar a fondo el hecho de vivir en libertad. Y claramente su libertad en la tierra, una libertad respetuosa del sentido del deber, porque, a pesar de su capacidad de disfrutar de la vida, mi padre fue un estoico hasta el heroísmo.

En sus últimos años de vida yo tuve la insensatez de mirarlo como si fuera un “Caballero Medieval”. Sin embargo al conversar con él durante las dos semanas anteriores a su agonía me di cuenta de su gran claridad respecto a este siglo y su futuro. Mi visión equivocada estaba empañada porque sus sólidos principios eran considerados raros dentro del actual ambiente hedonista que tiende al relativismo ético.

Me di cuenta que al fin de su vida, mi padre, se sintió pleno y realizado con lo que había hecho y construido. Y al verlo así me convenció una vez más que el camino de una vida feliz lo hace la consecuencia con la libertad, la comunicación respetuosa con los demás, la responsabilidad en el servicio, en la justicia y en la voluntad de acción valiente fundamentada en principios universales férreos. Por esa manera de ser y de pensar, mi padre tuvo amigos leales, muchos de ellos aquí presentes.

Y por Dios que es difícil hablar de libertad cuando tantas veces la vemos vendida por un plato de lentejas. Mi querido padre con su amplia cultura, fue muy claro en la apreciación de los hechos y no vendió jamás su libertad, lo que me llena de orgullo, al ser su hija. Qué orgullo siento de tener un padre que vivió su tiempo a fondo y en amplitud. Que se jugó por lo que creyó, a costa de grandes sacrificios y renuncias. Que prefirió el servicio a los demás y el olvido, a formar parte de la feria de las vanidades en la que le fueron ofrecidas destacadas oportunidades, literalmente, en bandeja.

Qué orgullo siento al despedirte papá. Hoy estás con todos tus amigos y familiares que partieron antes y que disfrutaron juntos también de las delicias de los años lindos. La familia de mi padre tanto como la de mi madre sintió entre ellos gran amor, amistad y compartieron alegrías de la vida indescriptibles, de las cuales los sobrinos que pudimos estar con ellos, desde nuestra niñez, tenemos recuerdos imborrables.

Gracias papá por haber sido todo un hombre y haberme heredado tus ansias de vivir la vida a fondo, con libertad insolente cuando el momento lo ha ameritado y con voluntad de hierro, a pesar de mi vena artística hipersensible. Aunque sin duda fuiste tú el poeta, el poeta de la vida. Papá, aplaudo tu vida.

Y aunque no querías despedirte de nosotros y tu agonía fue larga y dolorosa, ya es la hora, es tu tiempo de disfrutar de tu Valhalla, el cielo de los valientes. Y es también el momento de encontrarte con tu Santa admirada, Santa Bárbara, la patrona de los Artilleros, a la que tú veneraste por su rayo justiciero y la firmeza de sus convicciones.

Adiós papá, hasta la vista. Te quiero mucho. Te prometí una vez más, ser valiente y fuerte, como tú, pero no es fácil vivir sin ti.

Siento dentro de mí un desierto de noche, sin estrellas, sin ventiscas de arena, inmensamente vacío. Escucho un vasto silencio agudo, papá. Y me duele mucho.

Pero tú me enseñaste que no existe nada irrealizable mientras se viva con honestidad, educación constante de la voluntad y sentido de satisfacción por el deber cumplido.

Por tanto cumpliré con seguir viviendo lo mío, con serena firmeza, hasta que nos encontremos en tu nueva Patria. Te portaré en mis recuerdos hasta el día en que tú me esperes en el comité de recepción del infinito, donde como lo escribiste en tus poemas “Seremos de Luz”.


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