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El saxo de "Bird"

Esta pequeña historia se inicia en el Café de la Place des Vosges.

Estaba en una mesa con Giselle Celan. Pero además un editor narigón y dos poetas cretinos que la sitiaban. Giselle soportaba estoicamente el peso de ser viuda del gran poeta alemán.

Entonces entendí la desagradable situación de ciertas viudas de consagrados.

Giselle era una artista excepcional. Digo era, porque se me murió. Sus grabados son el achurado más obsesivo que haya apreciado. Nunca, jamás, veré esos achurados con trazos tan finísimos, no imagino con qué técnica. Quizás en los dibujos de William Blake. Los paisajes metafísicos sin color de Giselle me alucinaban. Tenía mano cósmica. Sus atmósferas son de una dimensión que extraño en la escritura. Me moriría por poseer uno sus grabados. Giselle sabía que la apreciaba por su arte y no por ser la viuda de.

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Gisele Celan Lestrange - Expansion (1965)

Revolvía exasperado mi segundo café, sintiendo que esta bella dama estaba lateadísima con los idiotas que le hacían la pata. El editor narigón le pedía derechos de autor para su revista y uno de los poetas majaderos se auto celebraba una traducción de Paul Celan.

Yo era el hombre transparente, no existía en esa mesa, aún cuando Giselle me presentó. Tenía ganas de lanzarles el café a la cara a esos cuervos. Estaba a punto de despedirme, pues en esa mesa yo no existía, cuando un cuerpo tremendo toma posesión de la mesa inmediatamente vecina a la nuestra. Alguna gente de la terraza lo reconoce o simplemente les llama la atención su porte. Utilizo mi condición de hombre invisible, saco ventaja de mi no presencia, aprovecho que Giselle está monopolizada por los cretinos que les dije, entonces giro hacia Julio Cortázar y lo saludo.

En algún instante preciso, de esta incómoda (para mí) situación cafetera, Giselle pide la cuenta, abre la cartera, saca dos libros. Ahora sé que son las primeras recopilaciones de Walter Benjamín publicadas en Francia. Me obsequia los libros dedicados con su minúscula y amorosa escritura, paga MI la cuenta, nos despedimos con dos besos a la francesa y se va. Los arrivistas que no me daban boleto quedaron verdes de envidia pues Giselle solo se despidió de ellos con un frío gesto.

Me habría encantado sacarle la lengua a la joven poesía francesa pero solamente cambio de lugar, me instalo de frentón con mi vecino de mesa.

Hablamos al tiro de fútbol, a propósito de un poema circunstancial, futbolero, que le llamó la atención de un libro que yo le había regalado. Poco y nada entiendo de fútbol, aunque si atiné cuando le hablé del maldito vice-campeonatismo chileno. Para mí el fútbol sigue siendo una metáfora política o un reflejo sociológico. En fin, comentamos la tragedia del club Colo-Colo que a la fecha lo compraban unos financistas que les decían Los Pirañas.

No sé como desembocamos en jazz. Le pregunté bromeando, cité su cuento “El perseguidor” como fuente, si era cierto que Charlie Parker perdió un saxo en el metro de París. Me lo confirmó y agregó riendo que el saxo aún recorre el laberinto del Metro.

Esta anécdota se quedaría allí, en la plaza des Vosges, si no fuera porque unos meses más tarde escucho a un negro interpretando saxo en el metro Ménilmontant. Esto no tiene nada de excepcional en París pero,

a) El tipo tocaba jazz en un territorio más bien norafricano

b) El negro interpretaba un tema de Charlie Parker, en una versión que por su autenticidad emitía el aura de Bird Parker. Ni le faltaba la orquesta. Quedé tan boquiabierto que seguí de largo, como un mero pasante indiferente. Las notas me acompañaron hasta la salida. Llovía, una gota en mis lunetas (1) me despertó de un inquieto desatino, esa actitud idiota que viene cuando se ha visto pasar un tremendo ángel, cuando no se sabe si es asunto onírico o un estado tercero en que todo calza naturalmente en la dimensión patafísica.

En fin, la gota de lluvia me hizo reaccionar, devolverme, bajar la escalera rápido, pasar urgente por debajo de la barrera de control del ticket magnético, correr hacia una música de las esferas que ya no estaba. El saxofonista había desaparecido. Quedé en estado ansioso.

Me atreví de telefonear a Cortázar para contarle el evento. ¡Encontré el saxo perdido ! Nada sorprendido me contó que a él le había pasado lo mismo, me describió el negro, me especificó que era ciego.

Tiempo después Cortázar muere más bien de tristeza que de enfermo. A mi pena le gana la rabia de ver como la fauna oficial, embajadores, funcionarios de la UNESCO, escritores sudacas y Famas diversos se apropiaron del funeral. Formaron un muro compacto entre la lápida blanca y la chusma admiradora de nuestro grandulón.

En el entierro del cementerio de Montparnasse, vi, soy testigo, que los Cronopios -me incluyo-, miramos de lejos, discretamente detrás de lápidas vecinas, como si todos supiéramos o no nos sorprendiera el apropiamiento del funeral por los Famas.

Ni siquiera los periodistas identificaron a los deudos del Gran Cronopio. Personalmente conté unas cuatro viudas. No se sabía a quién darle el pésame.
Los Famas se pesamentaron entre ellos. En un instante, los fotógrafos trotaron hacia la entrada del cementerio pues corrió el rumor que llegaba Borges, Ministro del Interior nicaragüense, gran amigo de Cortazar, hombre fuerte de esa revolución que nuestro escritor apoyó más que con el corazón.

Los Famas se retiraron por allí, moviéndole el culo a los periodistas, con anteojos negros, trabajándole al incógnito del m’as-tu vu, me has visto ?

De esta tristeza, se me arregló un poquito el humor en la noche, pues fui al Restaurante “La Rayuela” de la rue Saint Sauveur. El patrón chileno, igualito a Popeye, era (es) un cómplice políticamente correcto, de varios artistas e intelectuales que copeteaban allí. Gente como Felix Guattari, que andaba caliente con una chilena arto buenona. Al Guattari me atreví a decirle con unas copas, que los psicoanalistas sudacas, especialmente los argentinos, malinterpretaban muy vulgarmente al chiflado Lacan. Me miró con sus ojos burlones y me respondió : - Tan mieux !

“El Popeye” esa noche tuvo el gesto poético de instalar en la mesa que ocupó alguna vez Cortázar, un mantel negro, una rosa roja, una copa de vino y una vela. Los habitues tristes brindaban con la animita de Julio Cortázar. Tuve la osadía de borracho de sentarme en esa mesa, respetando la rosa y la copa de vino. Nadie se atrevió a expulsarme de la mesa fetiche y hasta recibí algunas condolencias de los ajedrecistas que se habían apropiado del subterráneo de “La Rayuela”. Esa noche me comporté como viuda.

El remate de esta tristeza no me la creerán : Más o menos era la medianoche, me retiré del auténtico velorio del Gran Cronopio, bastante pasadito.

No sé como llegué al larguísimo pasillo del metro Chatelet. Cavilaba la típica, ¿porqué se mueren los que no deben morirse ?

Desperté de mi resentimiento borracho cuando muy suavemente, escucho el sonido de un saxo. Esa música se me infiltró en los huesos, por las tripas y por el mío corazón. El túnel del metro tenía una acústica celeste. Adivino, lo siento, veo al negro ciego soplando un saxo al otro extremo del largo túnel de Chatelet.

- Un fois ça va, deux fois, puta la huevá me dije. Esta vez no me despertó una gota de lluvia. Se me encabritó el alma al tiro. Lúcido, en vez de correr paré. Me dejé deslizar por el pasillo automático hasta llegar a dos metros de mi fantasma. El saxofonista estaba rodeado de gente, que raramente se detiene a escuchar la fauna y flora musical del metro.

Me planté respetuosamente frente al ciego. Yo era otro más de un público con las orejas paradas. Metido en la música, mi meollo etílico decidió entonces otra causa : los músicos deben gobernar el mundo, idea que deseché por otra mejor que se me olvidó.

El sonido del saxo me hizo alucinar. Vi presencias entre los oyentes del Metro, algunos de mis muertos preferidos. Aquellos ya enterrados que tuvieron o tienen alguna relación con París. Los vi allí, orejeando al ciego. Gracias a mi etilismo de luto afectivo, vi a Violeta Parra, a Paul Celan, a Walter Benjamin, a la Piaf, a Vallejo, entre el público que orejeaba al saxofonista ciego.

Lo objetivo y constatado es que en el metro de París, "Bird" Parker dejó vivito y coleando su saxo. Esto no tiene nada de excepcional en cierta dimensión espacio-cronopia.

Por lo demás :

a) el ciego soplaba exactamente esa noche de luto, en precisamente un punto neurálgico del laberinto parisino.

b) el músico interpretaba un tango : "Anclado en París", en una versión que por su aura, era auténtico sonido de “Birg”.

Ese saxo no necesitaba la voz de Gardel. “Charlie y Gardel, meme combat”, el mismo combate me dije. A estas alturas de recuerdo inexacto, me moriría por saber el dos + dos de ese cuatro. Al soplador negro le decían pájaro y al arrabalero argentino de origen francés, zorzal. Dos pájaros que combatieron pajarísticamente.

Recuerdo que se me cortocircuitaron mis últimas resistencias aquí adentro. Me hizo llorar a moco suelto el saxo de "Bird".

- Post-Data : Años después, me informan que el saxo de "Bird" está siendo expuesto en el museo Georges Pompidou, en un homenaje de la Warner Bross a sus estrellas máximas. Se exponía un blue-jean de Jimmy Dean, que me sorprendió lo enano que era el pobre. Además unos escarpines rojos que Bette Davis utilizó en algún film donde demostró que las feas son hermosas. Se exponían otros objetos fetiches de stars. Tuve una pequeña reflexión desconfiada de las curatorías del Museo George Pompidou. Superada mi desconfianza de las chifladuras museográficas, invertí como una hora en convencer un amigo fotógrafo, para tomar una foto del saxo de “Birg” en vitrina, con la intención de ilustrar esta pequeña historia. Puedo garantizar, por mi olfato animístico, que ese saxo es FALSO. El auténtico, circula aún por el metro de Paris en manos y soplidos del músico que les dije.

- Post-post-data : Era tal mi fijación con el saxo de Bird perdido en el Metro de París, que no me di cuenta que esta muestra de objetos de cine eran eso, utilería de cine. Ese saxo era evidentemente falso.

- Post-Data de Francochilenos : El saxo que escuchaste mientras leías El saxo de Bird era...el saxo de Bird, interpretando Out of nowhere.


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