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Chile : las urgencias reales y ficticias que nos afectan

Desde Francia, Rodrigo Olavarría pone en paralelo las urgencias suscitadas por el terremoto y el incendio de Valparaiso y la que le puso el ejecutivo a la votación, en apenas 15 días, de un proyecto que se había demorado 24 años : el voto de los chilenos en el exterior.


Por Rodrigo Olavarría
Hace más de un mes tuvieron lugar eventos que con su onda expansiva nos tocaron en esta lejanía que hoy por hoy es más una elección que una imposición. El terremoto y posterior tsunami en el Norte Grande, un incendio de dimensiones insospechadas en Valparaíso y la aprobación del voto de los chilenos que viven en el exterior, fueron los eventos que nos noquearon.

No fueron las embajadas, ni los consulados, menos aún ProChile o los capitales extranjeros que “invierten” en el país los que comenzaron a preparar la solidaridad a través de eventos para reunir fondos para la reconstrucción. Fueron chilenos y chilenas en Francia, Ecuador, Alemania, España… que de forma espontánea comenzaron a armar peñas, conciertos, comidas, ventas de esto o esto otro para juntar algunos euros que faciliten la resiliencia de la gente de nuestra tierra. Esa que en estricto sentido, no conoce fronteras.

La urgencia ficticia

Primero fue la urgencia ficticia, la que impuso el ejecutivo para que el congreso se pronunciara en 15 días sobre lo que no se hizo en 24 años, el voto de quienes vivimos en el exterior. Como toda urgencia, no hubo tiempo para intercambiar sobre el conjunto de elementos que atañen al fondo, se quedó en el discurso de “permitir el voto” como un mensaje que al final se ha repetido sin ver la letra chica. De esa forma se terminó dejándonos, como en toda urgencia, con un gusto que lo logrado fue importante, pero insuficiente. Fue así como nos dejaron sin votaciones para las parlamentarias lo cual resulta paradójico si pensamos que fueron precisamente ellos los que terminaron decidiendo por nosotros.


Segundo fue el terremoto el en Norte Grande. Para aquellos que hemos vivido en el Sur del mundo, nos recordó esos episodios traumatizantes que no distinguen clases con el miedo que imponen. Pero que suelen acentuar la angustia para las familias que teniendo poco lo pierden todo. Después vino el terrible incendio en la mítica Valparaíso. Con su carga de miseria que muestra que los resultados del modelo de desarrollo chileno, the chilean way, no llegan a todos. Como si las cuestas del puerto o la altura de Alto Hospicio impidieran al crecimiento económico y su chorreo subir hasta la periferia del “desarrollo”.

Los medios locales e internacionales no tardaron en comunicar sobre cada una de esas urgencias. Nos enteramos en tiempo real de lo que acontecía, como si en vez de encontrarnos en el exterior, nos encontrásemos en una ciudad imaginaria en el seno de un país que se ufana de su alto nivel de integración internacional pero le cuesta aceptar a quienes vivimos fuera como conciudadanos. Una patria chica que constituimos y que nos lleva a ejercer esa empatía necesaria a la expresión de la solidaridad.

Responder a las urgencia reales

Nuestra respuesta desde el exterior ha sido por ende bajo la presión de la urgencia, esa que guarda relación con las necesidades básicas de miles de compatriotas que lo perdieron todo. Seres queridos, recuerdos, enseres, medios de producción, el techo que tanto costó parar, la tranquilidad e incluso confianza en la justicia social que deja al descubierto que la desigualdad también se resiente en el impacto de dichos eventos naturales. La urgencia ficticia del voto en el exterior buscaba por su parte permitirnos recuperar nuestra ciudadanía, pero esto, como en toda urgencia, se logró a medias, como si en vez de recibir la casa con muros sólidos, se nos entregó una carpa, un bidón de agua y un par de frazadas.

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Foto : César Picheira/Huella Digital

La reconstrucción (cívica, material o psicológica) en el largo plazo, es esa estabilización de vidas, el retomar el ritmo de antes, incluso y por qué no, mejor que antes. Con el voto no fue mejor, al contrario, se limitaron sonrientemente nuestros derechos a nivel constitucional.

En esta realidad de patiperro, esa que debería ser tan ajena si escuchamos los comentarios agrios y embalsamados de personeros de tiendas conservadoras, los mismos que piensan que no tenemos nada que ver con Chile, que piden a gritos y sin complejos “vínculos” para que podamos ser ciudadanos (de segunda clase), como si un viaje, los impuestos o cualquier otra cosa fuese suficiente para probar el apego a una nación que olvidó durante años a sus conciudadanos y sus herederos instalados en el seno de otras culturas.

Según ellos, estas líneas no existen, puesto que no debería importarnos nada lo que está sucediendo. Puesto que las catástrofes no las vivimos es como si no tuvieran lugar para nosotros. Las colinas del puerto con rostros teñidos con la mezcla del carbón y las lágrimas no nos afectan, más aun no deberían importarnos. Tal vez es una proyección que realizan sobre nosotros, como reflejo de un egoísmo heredado desde tiempos coloniales y acentuados por del despotismo dictatorial característico de nuestras republicas sudamericanas. De seguro, aquellos que valoran el ser chileno en función de lo que tienes y no de lo que eres, vieron arder los cerros de Valparaíso, como unos Nerones cualquiera, frotándose las manos porque la catástrofe siempre termina siendo un buen negocio. Las propuestas de reparación que dieron la ayuda pública al monopolio de tres grandes tiendas muestran que no es tan errada esta sospecha.

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Rodrigo Olavarría

¡Aquí estamos otra vez !

Pero como mono porfiado, seguimos sintiendo lo que pasa en Chile como si fuese una realidad del barrio, cercana, que nos afecta porque no podemos mirar hacia otro lado cuando pueblos enteros en Chile se encuentran en el piso, cuando las caritas sucias miran en los ojos de sus padres la angustia de no tener certeza de lo que está hecho el mañana. Lanzamos con romanticismo un grito que atraviesa mares, desiertos y cordilleras : ¡no están solos ! Y en consecuencia actuamos.

Seguimos incrustados en más que un recuerdo, es una realidad que nos motiva a generar la solidaridad que no es sólo enviar dinero, es también recibir a los nuevos migrantes chilenos, es sentir y por ende vivir el hecho que hacemos parte no tan sólo de una nación, sino también de una identidad muy nuestra, esa que nos diferencia de aquellas que nos acogen. Un país que en su mayoría esta lleno de “caras de nanas”, como la mía, esas carita que tanto gustan a estos europeos que ven en uno el exotismo, el otro lejano pero que en términos de humanidad no es más extraño que el propio vecino. Poco importa la distancia. Hoy la solidaridad no conoce fronteras, la identidad tampoco y el reconocimiento es tan importante como la ayuda que podemos enviar a quienes consideramos sin vínculos ni condiciones como nuestros coterráneos.

Rodrigo Olavarría es Master en ciencias de la educación (Sorbona) y miembro del equipo de Francochilenos.


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