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Agua que no has de beber... ¡déjala correr, carajo ! (II)

Después de comentar en un primer artículo el ejemplo del Valle del Loira, Rodrigo Olavarría analiza en esta segunda parte el modelo chileno de aguas que, en su opinión, tiene "50 años de retraso en gestión de cuencas".

Volviendo a Chile, el 21 de mayo la presidenta puso el énfasis en la importancia de los « recursos hídricos ». Una noción que demuestra una visión métrica de las fuentes, muy en boga en la Europa de los años 50. Al tratarlo como « recurso » se le mide, considerándolo como un factor de producción más, se le mete en tubos y entrega a cambio de un monto económico. Aunque sea el Estado que lo controla. Se le mercantiliza

En Chile ya no basta con anunciar a los cuatro vientos que las aguas son un « bien nacional de uso público », como lo han repetido ministros de la nueva mayoría para anunciar el Gran cambio. Es más, ese estatuto del agua ya hace parte del artículo 5° del Código de Aguas de la era Pinochet. Es necesario redefinir una política que no se base solo en la dimensión económica y su búsqueda enceguecida del crecimiento. Se trata de ver con otra lupa lo que es la sostenibilidad.

Para el delegado presidencial para el recurso hídrico, Reinaldo Ruiz, la principal preocupación es la racionalización del recurso H2O. Es por ello que según afirmó en el Diario Financiero, se abocará a reformar el Código de Aguas y no el meollo del asunto que es el estatuto del agua establecido a nivel constitucional : el agua seguirá siendo un « bien económico » y una « propiedad privada ».

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Ilustración de Amancio

Es así como se le han entregado todos los derechos al mercado quienes, según la ideología neoliberal, son los más capacitados para evitar la « tragedia de los comunes » que hace tanto eco en sus templos. Una tragedia que explica con peras y manzanas que es imposible compartir las aguas sin que haya alguien que saque ventaja por sobre los otros consumidores. Es por ello que la solución para evitar esa « tragedia » es la privatización.

Desde el advenimiento forzado de la política neoliberal, el país ha llevado a dar mayor valor a su utilización que a su conservación, penalizando esto último hasta con multas o simplemente retirando los derechos para entregárselos a quien pueda sacarle provecho. Esta esquizofrenia se ve plasmada en el documento producido en el 2013 por el Ministerio de Obras Publicas “Chile cuida sus aguas. Estrategia Nacional de Recursos Hídricos 2012 – 2025”.

Todo el análisis del contexto está basado en el imperativo del crecimiento económico. Pero ¿para quienes ? Como si el chorreo existiese realmente se espera que se le saque literalmente el jugo a la tierra para lograr más producción y consumo. La tecnología sabrá corregir los errores. Qué iluso se puede llegar a ser. Es justamente ese crecimiento el que ha estado sacrificando los glaciares en el norte, centro y sur, llenándolos de partículas finas que los cubren y terminan acelerando su derretimiento. Es en nombre del aumento del PIB que cuencas se han secado, que la autonomía alimenticia en los valles del Norte se ha abandonado, que se ha ignorado abiertamente la complejidad ecosistémica porque no produce ganancias, multiplicando las « zonas muertas », término utilizado por las Naciones Unidas para identificar aquellos puntos de la tierra donde se ha exterminado la vida autóctona. Recordemos que éste último concepto incluye también a los seres humanos.

La vorágine termina así con las reservas de aguas para los períodos en que las lluvias se hacen escasas, en que las napas subterráneas se agotan, en que hay que escoger entre seguir con la actividad económica o chupar hasta la última gota de los ríos. Al eliminar esa riqueza ecológica se elimina también la capacidad de las cuencas para absorber los excedentes y retener las crecidas, acentuando las catástrofes producidas por inundaciones. Al final, pagan el pato los cientos de miles de personas que terminan tomando agua transportada en camiones aljibes o que, de tiempo en vez, terminan literalmente con el agua hasta el cuello.

A pesar que se incluyan en las estadísticas mundiales a las personas conectadas a las redes de agua como « con acceso al agua potable », no basta con tener agua que sale de la llave para decir hemos hecho la pega. Es necesario que esa agua sea sana, no como aquella que se distribuye en Copiapó o Caimanes, donde los indicadores sanitarios demuestran presencia de componentes que a la larga terminarán matando lenta y dolorosamente a su población.

No basta entonces que se considere al agua como un bien nacional de uso público, recordemos que la explotación irracional del agua no es solo una panacea del sector privado. Una empresa estatal como Codelco ha demostrado ser tan irresponsable con su manejo de aguas como lo ha sido el grupo Luksic o Agrosuper.

Una situación insostenible

Nada de todo esto puede asemejarse una pizca a la sostenibilidad. La vara con que medimos nuestro desarrollo es corta, con tiempos y espacios económicos que no permiten ver más allá del corto plazo. Las autoridades políticas tienen un par de años para gobernar antes que vengan las nuevas elecciones. Se aceleran los efectos del cambio climático, con un aumento de la población (en particular en las ciudades), pero también de la demanda de materias primas a nivel mundial, esas que sabemos sacar de la tierra con un mínimo de transformación. En ese contexto nuestros ríos seguirán siendo vistos como una bacinica a llenar y vaciar en función de la demanda. Mientras más demanda, más valor para esos cuantos metros cúbicos, los cuales se vuelven accesibles al mejor postor. Por lo demás, la visión antropocéntrica dejará para otro día la necesidad de mantener los cursos de aguas, de cuidar su frágil equilibrio endógeno y de asegurar su existencia para las generaciones que vendrán. “Après moi le déluge”, dirán en francés.

Es por todo aquello, que los anuncios de reformas que se presentarán como “Otro de los grandes desafíos para nuestra economía” es bastante seguro que no alcanzarán para lograr “una gestión sustentable y sostenible de nuestros recursos hídricos”, como lo señalara la presidenta. Esta visión responde claramente a un Chile que cree que crecemos primero y después vemos. Un Chile cortoplacista, un Chile obsesionado con los mercados internacionales, un Chile ciego que multiplica las zonas de sacrificio, un Chile de un progreso que tiene más de una máquina compresora que saca con rabia las riquezas de la tierra para ponerla en los altares del mercado. Un Chile que esconde bajo la alfombra las externalidades negativas y la lenta destrucción de su gente.

Como lo señaló la presidenta,« no se trata sólo de escasez hídrica, agravada por la larga sequía que experimentamos, sino de la sobre explotación de las cuencas y del mal uso de los derechos de agua ». Cuando existen derechos de propiedad a vida que están establecidos a nivel constitucional y a través de uno de los códigos de agua más liberales del mundo, no basta con declarar el agua como « un bien nacional de uso público en sus diversos estados » mediante una modificación del Código de Aguas.

Lo que sería un cambio fundamental es, por una parte, establecer que el agua es un derecho humano fundamental, priorizando así el consumo humano y, por otra, darle a nuestro ecosistema el lugar que merece en la construcción del futuro que esperamos para nuestros hijos. Ni el ser humano ni los ecosistemas deben seguir siendo considerados como mercancías. Sin agua no hay vida y sin agua sana no hay Chile que nos enorgullezca.

- Leer : Agua que no has de beber... ¡déjala correr, carajo ! (I)


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