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Réquiem para un Mundial de Futbol

Para Rodrigo Olavarría el duro retorno a la realidad desaparecida tras la agitación mundialera suena como una suerte de réquiem de no pocas ilusiones perdidas.

Se terminó la fiesta mundialera. A los franco-chilenos se nos acabó un poco más temprano. Después de tanta “esperanza”, nos quedamos con la boca seca, los labios rasgados, la cabeza palpitando con el hachazo post bajón y el corazón hipnotizado por la ilusión que el triunfo de una oncena haría feliz a todo un pueblo. Se acabó la ilusión de que con un gol desaparecerían nuestras miserias. Al levantarnos con la caña del “se jugó bien” y se perdió, solo queda la satisfacción de haber soñado con que todos íbamos a ser campeones.

Recuerdo cómo la pasión llegaba al paroxismo cuando la pelota besaba la red. Explotaba la cordura y mandábamos al carajo la compostura. En ese preciso momento todos éramos hooligans . Capaces de romperle la madre al vecino porque tenía el mal gusto de apoyar al equipo contrario. Nos deshumanizamos "en buena onda" porque el objetivo último era ganar cueste lo que cueste.

Desde el living, en un bistró franco-chileno o en la picá santiaguina, le gritamos pestes al hombre de negro y a toda su ascendencia a cada porrazo que se daban esos gladiadores de Cristal enchulados que tanto idolatramos. Le recordamos al monsieur l’arbitre que su naturaleza es ser vendido, estar al servicio de intereses ambiguos de organizaciones opacas a las que les importa un comino si se militarizaron o se vaciaron favelas. The show must go on !

Mientras tanto, ricos y pobres, sin cruzarse, ni en los estadios ni en los barrios, se movilizaban con una fe tan intensa como la que sublimó a Santa Teresa de los Andes o a Sainte Généviève. Mirábamos al cielo pidiéndoles a todos los dioses que no abandonaran al equipo, que bendijeran el botín que hará pronto el gol y que enviaran al infierno al que lo impedía. Se hicieron mandas con tal de rozar la ilusión que un día fuimos los mejores.

Esos cánticos que resuenan desde los estadios hasta insospechados confines del planeta, cubren por unas cuantas semanas los gritos de manifestantes que llaman a no dejarse llevar por la imagen de « lujo », de « éxito », de « fuerza », de “miedo”, de consumo que traen estas « fiestas deportivas ». Como si fuésemos millones de mineros atrapados en la oscuridad de la realidad y que gracias al mundial veremos al fin la luz, ¡seremos salvados ! La ilusión por sobre la realidad como un diazepam social que nos da la sensación artificial de que todo está bien.

¿Cuanto vale el show ?

Pero más allá de la imagen, ¿alguien se ha preguntado cuánta plata mueve todo este circo (en el cual, confieso, participé re contento, como un cabro chico) ? ¿Cuánto cuesta un segundo de publicidad en televisión en Santiago o Paris mientras juegan Chile o Francia ? O ¿cuánto ganan los atletas que corren como perritos amaestrados detrás de la pelota ? O ¿cuánto es el costo total de la construcción de estadios de 60 mil personas en ciudades en donde ni siquiera hay público para llenar un teatro o un cine con capacidad para mil ? O ¿cuánto ganan los ejecutivos de la FIFA y cuánto cuesta al mes su sede en Suiza ?

Igual nos quedamos con la imagen del sueño de una fiesta en la que gozamos rompiendo ropas en nombre del país y del jugador que nos identifica.

Antes y después del espectáculo, cuando el telón aún no se ha levantado o cuando ya ha caído, entrevemos el lado social de la copa más cara del mundo realizada en uno de los países más desiguales. Una composición acongojadora como un réquiem para un mundial, en medio de deudos que entierran con desconsuelo lo poco que se tenía y lloran la gran “V” de victoria que yace en el fondo del frío cajón. Notas de una corta vida de excitación y de orgullo patrio exacerbado por los himnos nacionales y las banderas tricolores. Cánticos fanáticos de una torcida que no está en los estadios pero igual se transforma en barra sedienta y embriagada de éxito y de orgullo fácil. Barra brava pero de salón.

Al final, la vida sigue igual...

En la realidad, la vida sigue su curso. Remplazamos el trauma de haber sido eliminados por el argumento auto complaciente de que se hizo bien lo que salió mal. Despertamos del sueño futbolero para seguir viviendo en las pesadillas de los desafíos individuales y colectivos. Esos que regresan eternamente para ponernos en las narices el hecho que por más copas que se hayan ganado o por más goles que se hayan metido, nada cambia en realidad. Los chicos y chicas de las favelas, de La Legua o de Marsella seguirán sumergidos en tráficos varios, saliendo de las escuelas antes de tiempo, reproduciendo los círculos de poder y de pobreza imperantes desde tiempos inmemoriales. El pentacampeaõ sabe bien de esto.

Al final, poco importa quien haya ganado la copa del mundo de futbol, la crisis económica que afecta a todo el globo seguirá con esa insoportable tendencia ya descrita por un tal Marx hace más de 160 años : ricos que se hacen más ricos y pobres que se hacen más pobres.

Pero no te preocupes, el marketing y sus pantallas tienen la llave para hacerte sentir bien. Hacerte sentir que fuiste tú quien ganó. Y nosotros, sin hacer caso a Magritte y su profundo mensaje inscrito con un simple « ceci n’est pas une pipe » (« esto no es una pipa »), seguiremos comiendo asados y tomando chelas creyendo que la imagen es lo mismo que la realidad. Explotaremos otra vez en un nacionalismo orgulloso que desencaja mandíbulas en cada “o el asilo contra la opresión” o « allons enfants de la Patrie ».

Si tan solo esas pasiones patrióticas se expresaran con la misma fuerza cuando se trata de defender nuestros derechos, tal vez la realidad de la cual tratamos de escapar sería por fin otra.


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