Tomé el primer tren de la mañana. Miraba el nombre de cada una de las estaciones que pasaban y revisaba a cada rato la dirección del hospital traumatológico. Iba a ver a Carmen, internada allí, después de un accidente.
Al bajar del tren, obsesiva pregunté a varios transeúntes por la dirección. No era necesario. El hospital era absolutamente visible; situado al centro de un minúsculo villorrio.
Llegué al fin a la pieza de Carmen, la 231, al fondo de un segundo piso oscuro. Abrí la puerta (…)
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Una tarde, fui a (…)
